Historias de Nueva Orleans (IV): E.J. Bellocq, Fotógrafo de Storyville

Leo Bellocq (jesuita)
Retrato en Storyville – 1912
Larry Borenstein (con la chaqueta abierta) en Preservation Hall Countyard en los 60 junto a músicos de la Preservation Band
Lee Friedlander
Retrato en Storyville
Retrato en Storyville
Retrato en Storyville
Retrato en Storyville
Historias de Nueva Orleans (IV): E.J. Bellocq, Fotógrafo de Storyville

En Nueva Orleans y en el año 1873 venía a este mundo Ernest J. Bellocq en el seno de una familia creole blanca de clase media-alta. Su padre, Paul, fue contable y tesorero de importantes firmas de la ciudad. Su madre, Marie, fue la hija de un acaudalado comerciante francés. Unos años más tarde la estirpe se incrementaría con otro hijo varón, al que pusieron el nombre de Leo.
Ernest no fue tan buen estudiante como su hermano – que acabó ordenándose sacerdote de la Compañía de Jesús – así que después de recibir una aceptable educación clásica en el Colegio de la Inmaculada Concepción de los jesuitas, su padre le consiguió un empleo en la empresa donde prestaba sus servicios.
Ernest nunca se encontró cómodo en el departamento de contabilidad de las diversas compañías en las que trabajó, ya que su verdadera vocación no consistía en realizar sumas y restas en un papel sino en plasmar en un cristal emulsionado la realidad de la vida a través del objetivo de su cámara de fotos de 8×10 pulgadas.

En el año 1902, la madre de Ernest falleció y él con sus 29 años se vio libre de las reticencias y de las ataduras familiares que, hasta entonces, no le habían permitido dedicarse por entero a la fotografía. Como aficionado ya se había labrado una buena reputación en Nueva Orleans y le faltaba dar el paso definitivo para convertirse en profesional. Dejó a un lado la contabilidad y adquirió un local en Canal Street, la zona más comercial de la ciudad, que lo convirtió en su estudio. A partir de entonces la fotografía llenó por completo su vida laboral.
Sus trabajos abarcaron la fotografía de estudio, de exteriores y la industrial. Se conoce que fue contratado por la empresa Foundation Company, por una sociedad naviera y que se sumergió en el submundo de los fumadores de opio de Chinatown. Todas esas fotografías se han perdido. Sin embargo, él tuvo un “hobby” dentro de su profesión que mantuvo oculto durante toda su vida. Ernest tomó cientos de fotografías de las prostitutas de Storyville, sin recibir remuneración alguna. Muchos de esos retratos se han perdido con el paso de los tiempos o bien fueron destruidos, exceptuando cerca de un centenar que aparecieron en 1958, nueve años después de la muerte del artista.

Larry Borenstein nació Milwaukee, Wisconsin en 1919. Con 22 años, llegó a Nueva Orleans en un viaje de negocios y se quedó en la ciudad para el resto de sus días. Abrió una galería en el French Quarter y se convirtió en un exitoso marchante de arte. Larry también permitió que su establecimiento fuese utilizado como lugar de ensayo por las bandas locales. En el año 1961, la galería se transformó en el Preservation Hall, el local de una asociación sin ánimo de lucro que, desde entonces, tiene como objetivo primordial preservar la música original de Nueva Orleans y es el escenario donde toca la famosa y longeva “The Preservation Hall Jazz Band.    

Lee Friedlander es uno de los fotógrafos más acreditados de Norteamérica que nació en 1934. La temática de su trabajo está centrada en la vida cotidiana a la que le dio un nuevo enfoque retratando desde el caos a escenas humorísticas. En 1979 le contrató la revista Playboy para que le realizara una serie de retratos eróticos a la cantante Madonna. Es miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias.

El galerista Larry Borenstein encontró por casualidad, a mediados de los años 50, 89 negativos (placas de vidrio emulsionadas) en un antiguo mueble que había pertenecido a su difunto hermano y en la primera persona en la que pensó, ante tan inesperado hallazgo, fue en su amigo el fotógrafo Lee Friedlander.
Friedlander tenía ya reservadas un par de semanas, a principios de 1958, para una estancia en Nueva Orleans para escuchar buen jazz, tomar buenas fotos de sus intérpretes y visitar a su amigo Larry Borenstein. Se citaron en la galería de este último sita en St. Peter Street en donde ese día estaba ofreciendo una actuación la banda de Kid Thomas. Terminada la función y una vez solos en el local, Larry le enseñó a su amigo la sorpresa que le tenía preparada y le mostró los 89 negativos. Lee se dio cuenta de que la temática de las fotos eran mujeres desnudas, medio desnudas y vestidas. Le parecieron ciertamente interesantes y ahí quedó el tema.
Al año siguiente, Friedlander volvió a Nueva Orleans y le pidió de nuevo a su amigo que le mostrara los negativos, Para entonces ya había realizado ciertas indagaciones y estaba convencido de que el fotógrafo que había tomados esas imágenes era E.J. Bellocq y que las mujeres retratadas eran prostitutas de Storyville. El verlas de nuevo le confirmó su predicción. Le comentó a su amigo el galerista que tenía interés en comprarlas. Borenstein accedió.
El fotógrafo se puso en contacto con el Museo de Arte Moderno de Nueva York y le habló del proyecto de realizar una exposición y de editar un libro con las fotos de Bellocq. Al Museo le pareció una idea de lo más interesante y le comunicó que podía empezar con la difícil tarea de positivar las 89 placas de cristal, algunas de ellas bastante deterioradas.
A raíz de todo ese laborioso trabajo se imprimió en 1970 un libro titulado “E.J. Bellocq: Storyville Portraits – Photographs from the New Orleans Red-Light District”, editado por The Museum Of Modern Art de Nueva York. Por fin, Ernest J. Bellocq iba a poseer su parcela en la Historia de la Fotografía, algo que debido a la temática de las mismas – totalmente inapropiada para la sociedad de su época – nunca la habría podido conseguir en vida.

En la citada obra, aparte de presentar 39 de las 89 fotos que se conservan de Bellocq, se recogen retazos de las conversaciones que mantuvo Lee Friedlander con varias personas que conocieron al fotógrafo en Nueva Orleans: Dan Leyrer (fotógrafo), Bill Russell (músico e historiador del jazz), Joe Sanarens (fotógrafo y banjoísta), Johnny Wiggs (corneta), Al Rose (escritor e historiador) y Adele (una de las prostitutas fotografiadas en su día por Bellocq, aunque no se la identifica en el libro).
Todos estos personajes nos dejan su visión particular de nuestro protagonista.

Ernest J. Bellocq fue una persona introvertida, solitaria, poco dado a abrirse a los demás, al que no gustaba hablar con extraños, ni mostraba el menor interés por caerle bien a la gente, la cual se comportaba con él de igual manera. La opinión generalizada es que nadie conoció realmente al fotógrafo.
Hay que constatar que poseía un defecto en la cabeza, una especie de hidrocefalia (que tapaba cuando podía con un sombrero) que le daba un estrafalario aspecto por el que fue objeto de burla durante toda su vida. ¿Hasta qué punto esa deformación condicionó su singular conducta con la sociedad?
El fotógrafo Joe Sanarens supo de Bellocq en 1938 y según su testimonio, ya estaba retirado de su profesión y nadie le conocía como fotógrafo en la ciudad. “Le solía ver sentado en una silla medio dormido en frente de la tienda de Eastman Kodac Company cuando esta estaba ubicada en Canal Street. Èl era un hombre mayor con una vestimenta totalmente pasada de moda que hacía reír a los paseantes, pero los clientes de la tienda le apreciaban. Y finalmente un día no apareció más”. E.J. Bellocq dejó este mundo en 1949 con una edad de 76 años y está enterrado en Saint Louis Cementery nº 3 en Nueva Orleans.

Si pasamos a su faceta como fotógrafo las opiniones también son generalizadas, pero en este caso todas ellas son positivas.
John Szarkowski, el editor del libro “E.J. Bellocq: Storyville Portraits” escribe: “Èl no fue un fotógrafo ‘importante’. Aún en el caso de que los retratos reproducidos aquí se hubiesen conocido en su época – hace cincuenta años – no habrían cambiado la historia de la fotografía, ya que no aportan nuevos conceptos, pero sí una original sensibilidad. Su visión nos demuestra que él poseía un gran conocimiento de la naturaleza de los seres humanos”.
Bellocq conseguía que cada chica se mostrara ante la cámara como ella deseaba, desde completamente desnuda hasta vestida para asistir a un baile de gala. El simplemente dejaba que ellas actuaran conforme a lo que sentían en aquellos momentos. La complicidad entre el fotógrafo y la modelo es más que evidente en todas las tomas. Esto demuestra que Bellocq caía bien a las prostitutas y que estas se percataban perfectamente de que, para él, ellas eran sus musas.

Según el testimonio de Adele, Bellocq nunca les pidió a las chicas que posaran de forma sucia (dirty), como lo hacían otros fotógrafos que pululaban por el Distrito y tampoco existió el más mínimo indicio de que existiera, entre ellos, ninguna relación que no fuera la estrictamente artística. Adele no se cansó de decirle a Lee Friedlander, en la entrevista que mantuvo con él, que Bellocq siempre se comportó de una manera agradable. Educado. Y que todas las chicas le apreciaban.
El erotismo de sus retratos surge de una forma espontánea y da la sensación de que no ha sido buscado a propósito por el autor. Todas esas fotografías están tomadas en prostíbulos, pero no aparece en ellas la atmósfera propia que rodea a ese tipo de establecimientos.

Lo que sí surgió fue un interesante enigma cuando Lee Friedlander visionó por primera vez las 89 placas, ya que en media docena de ellas los rostros de las prostitutas estaban completamente rayados, de manera que era imposible su identificación.

Se ha especulado, y se sigue haciendo, sobre cuál fue el motivo que llevó, presumiblemente a Bellocq, a realizar estas tachaduras en sus negativos, sin que se haya llegado a ninguna conclusión digna de mención. Este hecho hace que esas fotos estén envueltas en un halo de misterio que las convierte en un apreciado objeto de estudio para los historiadores. Y a lo mejor es preferible que nunca encuentren el secreto que ellas encierran, que nunca se tropiecen con las enigmáticas razones por las que esas caras fueron escondidas detrás de esos zarpazos negros, de modo y manera que sigan formando parte de esas leyendas tan consustanciales de Nueva Orleans y de Storyville, en particular.

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