Los Grandes Detractores del Jazz

Ilustración de parte de la portada del libro «Swing frente al nazi» de Mike Zwerin
Sarah Kaufman.
Henry Ford
Ernest Gustav Liebold y Henry Ford
Henry Ford tocando el violín con su orquesta de baile tradicional en su 70 cumpleaños en 1933.
Clara y Henry Ford
Jane Cunningham Croly
Foto de las fundadoras de la General Federation of Women’s Clubs.
Los Grandes Detractores del Jazz

Anthony Storr termina su libro «La Música y la Mente» de esta manera:
“La música ensalza la vida, la mejora y le da sentido. La buena música sobrevive al individuo que la creó. Es personal y trasciende lo personal. Para los melómanos es un eterno punto de referencia en un mundo imprevisible. La música es una fuente de conciliación, de júbilo y de esperanza que nunca falla.
Permitan que concluya afirmando que, para mí, la música es algo por lo cual vale la pena estar en el mundo. Ha enriquecido mi vida de forma indescriptible. Es una bendición irremplazable, inmerecidamente y transcendental”.

Yo comencé, ya hace una veintena de años, un programa radiofónico – que titulé «La Odisea de la Música Afroamericana» – con estas palabras: “La música está muy presente en nuestras vidas, convive con nosotros, nos sirve para relajarnos, para soñar, para bailar, para que nos haga compañía, para hacernos recordar a personas queridas y a otras que ya no lo son tanto, nos recuerda situaciones divertidas, apasionadas o quizás tristes.
Los más patriotas lloran cuando oyen el himno nacional de su país y los más nostálgicos lloran cuando escuchan una canción típica de su tierra y se encuentran lejos de ella. La música tiene la magia de poder emocionarnos, la música es un sentimiento y su lenguaje es universal”.

Bajo este contexto se desprende que la música en sí misma posee un poder nada desdeñable y, desde siempre, el “poder” ha tratado de manejar sus hilos con un éxito escaso.

A finales del siglo XIX, Estados Unidos cerraba la puerta a la era victoriana y abría otra que le daba acceso a una contracultura emergente. Una nueva generación estaba creando nuevos bailes que desafiaban el código moral de “la era del corsé”. Estas danzas incluían ritmos sincopados y patrones de baile que habían surgido de la cultura afroamericana. Concretamente del «ragtime» y del «jazz».

A principios del siglo XX, se pusieron de moda unos bailes con nombres de animales que tuvieron su origen en el mundo underground de las comunidades afroamericanas de ciudades como San Francisco o Chicago, pero traspasaron esa línea roja que separa las razas y se bailaron por todo el país.
El escritor, R.A. Adams en un libro escrito en 1924 y titulado “The Social Dance” comentaba: “El ‘grizzly bear’ te estimula a mantener el más violento contacto psíquico con la finalidad de sentir el acto sexual. El ‘bunny hug’ es una danza que imita las relaciones sexuales entre los conejos machos y hembras. El ‘turkey trot’, ‘fox trot’, ‘horse trot’, ‘fish walk,’ ‘dog walk,’ ‘tiger dance, y el ‘buzzard lope’, son todo imitaciones de los animales en su vida sexual, su deseo sexual, su excitación sexual y su satisfacción sexual y todas esas cosas están en la mente de los bailarines que entienden el significado de los bailes de animales”.

Sarah Kaufman, la responsable de los bailes del Washington Post, comentaba: “El baile siempre ha estado dirigido por la gente que ha buscado ejercer su control y todo se reduce al cuerpo. Y se necesita un poder supremo para controlar lo que el público quiere hacer con sus cuerpos”. 

Los abanderados morales del país fueron conscientes de que debían asumir la responsabilidad de recuperar el control de la música popular en esos amorales momentos. Para ello emprendieron una cruzada para desterrar al infierno a ese ruido sincopado creado por el diablo. Como en toda contienda hubo soldados de a pie y grandes estrategas:

Henry Ford (1863 – 1947) fue, qué duda cabe, un gran empresario e industrial que cambió el mundo de su época, pero como persona dejó mucho que desear.
Poseer un automóvil, durante los primeros años del siglo XX, era un lujo reservado a unos pocos privilegiados. El objetivo de Henry Ford fue «poner el mundo entero sobre ruedas» y producir un vehículo asequible para el gran público. Su gran visión fue crear las cadenas de montaje con las que consiguió fabricar coches a gran escala abaratando los costes. En 1908, el Model T salió de una fábrica de Ford en Michigan: un vehículo de alta calidad, fácil de conducir y que se podía adquirir por 260 dólares, un precio muy razonable para la época. Para 1927, se fabricaron 15 millones de Models T, al que apodaron «Tin Lizzy». En esa fecha un tercio de todos los coches que circulaban por el país eran de esa marca.

Ford nunca tuvo facilidad de palabra ni escrita ni hablada. Cuando demandó imprudentemente por difamación al editor del Chicago Tribune, quedó en evidencia sentado en el estrado al expresarse con una falta absoluta de fluidez.

James Couzens, vicepresidente y director general de Ford Motor Company conoció a Ernest Gustav Liebold cuando este estaba empleado en el Peninsula Savings Bank de Highland Park, Michigan. Al director general le interesó su gran sentido financiero y le ofreció un trabajo para organizar el recién creado Highland Park State Bank, donde Henry Ford era uno de los accionistas. Al cabo de un año, 1910, Ford conocedor del perfil de Lielbold le pidió que dimitiera del banco para convertirse en su secretario personal y su portavoz ante los medios. Unos años más tarde, le otorgó un poder para gestionar todas sus transacciones financieras personales, correspondencia y contratos.

Henry Ford fue consciente de que Ernest G. Liebold poseía unos principios que, ajenos a la empresa, ayudaron a que fuese más fácil otorgarle su confianza y estos se basaban en su profundo antisemitismo.
Liebold era hijo de inmigrantes prusianos, preciso, rígido e impasible y dispuesto a encargarse de cosas que Ford no les pediría a sus asociados. Él, como Ford, veía conspiraciones judías por todas partes y creó una especie de agencia de detectives en Nueva York empleando a gente que compartía su odio por los judíos: una curiosa mezcla de exfuncionarios gubernamentales, exagentes del Servicio Secreto, emigrados rusos zaristas, fanáticos y exconvictos.

Henry Ford se hizo cargo de rotativo The Dearborn Independent – también conocido como The Ford International Weekly – que se publicó semanalmente manteniéndose activo desde 1919 hasta 1927. En su apogeo, a mediados de la década de los años veinte, alcanzó una tirada de entre 700.000 y 900.000 ejemplares. Esto lo convertía en el segundo periódico con mayor número de lectores a nivel nacional, solo superado por The New York Times
(Hay que tener en cuenta de que todos los concesionarios de coches de Ford, y mediante un sistema de cuotas, estaban obligados a comprar un número determinado de periódicos).

Ford nombró a Ernest G. Liebold director general de The Dearborn Independent. Este personaje comenzó a escribir artículos en los que atacaba virulentamente a los judíos. Los denominó genéricamente, The International Jew. El 6 de agosto de 1921, publicó un
artículo titulado «Jewish Jazz Becomes Our National Music» (El Jazz Judío se Convierte en Nuestra Música Nacional).
Entre otras cosas decía lo siguiente:
Mucha gente se pregunta de dónde vienen las oleadas y más oleadas de esa música barata que invade las casas decentes y, además, debido a su baja calidad, anima a los jóvenes a imitar comportamientos irreflexivos como si fueran idiotas. La música popular es un monopolio judío. El jazz es una creación de los judíos. La cursilería, la sensiblería, la maliciosa sugestión, la sensualidad de las notas deslizantes, todo ello es de origen judío.
El lenguaje propio de los monos, los chillidos de la jungla, los alaridos y los jadeos que sugieren un éxtasis amoroso se camuflan con unas cuantas notas febriles que se cuelan en hogares que deberían estar horrorizados.
El propósito de este y del siguiente artículo es conseguir que los estadounidenses se den cuenta sobre la verdad que encierra esa música lerda que habitualmente tararean, cantan y gritan día tras día, y si es posible, ayudarles a ver la invisible porra judía que se agita sobre ellos con fines financieros y propagandísticos.
Así mismo, el teatro y el cine estadounidense han caído bajo la influencia y el control de los judíos. El negocio de manejar «canciones populares» se ha convertido en una industria judía.
El country no canta lo que le gusta, son los «promotores de canciones» del vodevil los que las popularizan obligando a los cantantes a realizar repetidas interpretaciones en los escenarios, hasta que la mente flácida del público empieza a tararearlas por las calles. Estos «promocionadores de canciones» son agentes remunerados de las editoriales judías de canciones. El dinero, y no el mérito, domina la difusión de esa música lerda que se denomina «jazz judío». La astucia diabólica con la que se crea y se sostiene en una atmósfera impura penetra en todas las clases sociales. Hay algo satánico en ello, algo calculado con astucia demoníaca. Y el arroyo sigue y sigue aumentando cada vez más, hasta la degradación del público no judío y el aumento de la fortuna judía.

Henry Ford no se conformó con las diatribas que lanzaba semanalmente su periódico, sino que también utilizó, en otros campos, su inmensa fortuna y poder industrial para conseguir sus propósitos:

  • Obligó a todos sus empleados a asistir a clases del «square dancing» para alejarlos de las populares salas de baile. El «square dancing» es un baile folclórico estadounidense, de origen anglosajón, que se realiza en grupos de cuatro parejas que se colocan en las cuatro esquinas de un imaginario cuadrado. Se diferencia de otras danzas en que aparece la figura de un “caller” que va nombrando los movimientos que deben realizar los participantes (en tiempo real). Desconozco si Henry Ford fue consciente de que ese personaje llamado “caller” fue desarrollado por músicos afroamericanos en el siglo XIX para poder realizar, sin memorización, figuras más complejas.
  • Financió programas en más de 30 universidades y en miles de escuelas primarias para lograr que el «square dancing» estuviese incluido en la asignatura de educación física. Además, organizó un buen número de concursos de violín para tratar que los estudiantes se involucraran en el aprendizaje del instrumento.
  • En el año 1926, Henry Ford y su esposa Clara publicaron el libro titulado «Good Morning». En él, la pareja nos muestra su pasión por preservar los valores tradicionales y la cultura a través de la danza. Además, se convierte en un manual detallado de instrucciones para bailes antiguos, haciendo hincapié en el «square dancing»

Henry Ford partió de este mundo en 1947. Eso significa que padeció al «charleston» que comenzó su andadura en 1923 con sus “escandalosas” “flappers”. Le siguió la Época del Swing con el «lindy hop» que lo bailó toda América. El año en que Herry Ford murió, el «bebop» consiguió que el jazz dejase de ser una música bailable. Ironías del destino.

Anne Shaw Faulkner nació en Chicago en 1877 en el seno de una familia de clase media-alta lo que le permitió realizar sus estudios en el Chicago Conservatory of Music y la Caruthers Normal School of Music. Una vez que terminó su aprendizaje formó parte del staff del Columbia Conservatory donde dio clases de historia de la música. Así mismo, la University of Chicago la invitó a dar un ciclo de conferencias. Este medio de enseñanza fue muy utilizado por Anne Shaw a lo largo de toda su vida como docente.
Otro aspecto que destacar es su faceta como escritora. En 1913, publicó el libro «What We Hear in Music». Su obra más influyente, que fue utilizada ampliamente como libro de texto en escuelas y centros de música, y también el titulado «The Story of Music». Al año siguiente, publicó «The Opera and Oratorio».

En el año 1868, Jane Cunningham Croly, periodista profesional, intentó asistir a una cena en un club de prensa exclusivamente masculino en honor al novelista británico Charles Dickens. A Croly se le negó la entrada por su género y, en respuesta, ella formó un club femenino al de denominó «Sorosis». Cuando llevaba 21 años funcionando, la periodista invitó a clubs femeninos de todo Estados Unidos a asistir a una convención en la ciudad de Nueva York. El 24 de abril de 1890, 63 clubs formaron oficialmente la «General Federation of Women’s Clubs». Esta federación continúa activa y si alguien tiene la curiosidad de conocer los logros que ha conseguido a lo largo de los años, puede pinchar aquí.

Anne Shaw Faulkner permaneció desde 1920 hasta 1926 como “National Music Chairman” (responsable del Departamento de Música) de la «GFWC». En agosto de 1921, publicó un artículo en la revista «Ladies’ Home Journal» con el título de «Does jazz put the sin in syncopation?» que lo podríamos traducir como “¿El pecado del jazz está en la sincopa?”. Este ensayo lo dividió en cuatro partes: introducción, la rebelión, los elementos de la música, y su efecto. Voy a referirme a este último apartado ya que recoge lo más importante de los tres primeros, más sus reflexiones sobre el jazz:
“El jazz originalmente acompañaba a los bailarines de vudú, incitándoles a cometer los actos más viles. ¿Qué instintos despierta entonces el jazz? Ciertamente no actos de valor ni coraje marcial, pues todas las marchas e himnos patrióticos tienen un ritmo regular y una armonía sencilla, lo mismo que las canciones hogareñas. El jazz desorganiza todo orden y ley; incita a actos extremos, a la ruptura de todas las normas y convenciones; es dañino y peligroso, y su influencia es totalmente negativa.
Varios científicos expertos en musicoterapia han experimentado que el efecto del jazz en el cerebro de una persona sana produce una atrofia en sus células hasta el punto de que, con mucha frecuencia, aquellos que están bajo la influencia desmoralizante del uso persistente de la síncopa, combinada con sonidos inarmónicos, son incapaces de distinguir entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto.
El invierno pasado, en una de las escuelas secundarias de una de nuestras ciudades más importantes, el supervisor de música pidió a sus alumnos que llevaran canciones populares del momento que fueran de su agrado. En un par de semanas tenía en su oficina más de dos mil “éxitos de ventas”. Un comité encontró solamente cuarenta canciones que consideró «apropiadas” para que las cantaran juntos chicos y chicas. Con esta nefasta influencia que rodea a nuestra próxima generación, no es de extrañar que la degeneración se esté desarrollando tan rápidamente en Estados Unidos. Ahora, chicos y chicas de buenas familias frecuentan descaradamente los antros más sórdidos para aprender nuevos pasos de baile. Ahora, muchas canciones de jazz poseen unas letras que en tiempos pasados jamás se habrían publicado. Esta música se ha convertido en una influencia perniciosa.
En una carta reciente el Dr. Henry van Dyke afirmaba sobre el jazz: «Según entiendo, no es música en absoluto. Es simplemente una irritación de los nervios auditivos, una provocación sensual de las cuerdas de la pasión física. Su defecto no reside en la síncopa, pues es un recurso legítimo cuando se usa con moderación. Pero el «jazz» es una cacofonía absoluta, una combinación de sonidos desagradables de disonancias complejas, una fealdad deliberada y una vulgaridad intencionada».
Nunca en la historia de Estados Unidos hemos necesitado tanto la ayuda e inspiración que la buena música puede brindar, y de hecho brinda. El departamento de música de la «General Federation of Women’s Clubs» ha adoptado como lema: «Hacer que la buena música sea popular, y que la música popular sea buena». Llevemos este lema a cabo en cada hogar de Estados Unidos con firmeza, constancia y determinación, hasta que toda la música de nuestro país se convierta en una influencia positiva”.

Anne Shaw Faulkner poseía todo el derecho del mundo en escribir un artículo como el denominado «Does jazz put the sin in syncopation?» y dar a conocer su opinión sobre el jazz, todas las veces que quisiera. Lo que parece un tanto cogido por los pelos es cómo una persona de su cultura intentara llevarse el gato al agua con delicatessens como “atrofias cerebrales”. Por ciertoen el mundo digital no se ha encontrado, hasta ahora, ninguna foto de Anne Shaw Faulkner.

Como he comentado anteriormente, toda cruzada tiene sus generales, en este caso también generalas, y además todo tipo de mandos intermedios: la Iglesia, principalmente la católica, de Norteamérica advirtió a sus feligreses que bailar las llamadas “danzas de animales” se podría convertir en un pecado de difícil absolución. El estado de Nueva York prohibió los mismos bailes por considerarlos inadecuados para las jóvenes trabajadoras. Los propietarios de las salas de baile que los permitieran serían arrestados por conductas desordenadas. El baile inaugural por la elección del nuevo presidente de la nación, Woodrow Wilson, que se iba a celebrar en la primavera de 1913, fue cancelado por el temor de que los invitados bailaran el “turkey trot”, el “bunny hug” u otros bailes de ragtime y eso podría provocar un escándalo Nacional.

Lo que no suelen contar los detractores del jazz estadounidense es que las radios, que se multiplicaron como hongos en las dos primeras décadas del siglo XX, se asociaron con el jazz desde la primera nota y fueron vitales para que este llegara a través de las ondas a todo el país. No existió ningún tipo de prohibición ni por parte del gobierno – estatal o federal – ni impuesto por las propias radios. Lo que sí ocurrió en los países con regímenes autocráticos como la Alemania de Hitler o la Unión Soviética de Stalin que prohibieron su difusión. Aquí, en nuestro país, existió un intento de prohibir el jazz durante la dictadura franquista. José María García Martínez en su espléndido libro titulado «Del fox-trot al jazz flamenco. El jazz en España (1919 – 1996)» publicado en 1996 nos lo cuenta:
Gabriel Arias-Salgado, que fue el primer ministro de Información y Turismo, se molestó en llamar a los directores de las emisoras de radio exigiéndoles la inmediata supresión de ciertos programas musicales y la entrega de todos los discos de jazz para proceder –personalmente– a su destrucción. Es por ello por lo que el jazz estuvo ausente oficialmente de la radio por un período de diez años, lo que no significa necesariamente que se dejara de radiar jazz, solo que ahora se anunciaba como «música moderna».

El Jazz representa actualmente menos del 2% del consumo total de música: ventas de discos físicos, álbumes digitales y plataformas de streaming. Pero ¡¡¡VAYA 2%!!!

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