Los Últimos Años de Jelly Roll (y Anita González)

Jelly Roll Morton y Anita González
Jelly Roll Morton’s Red Hot Peppers en 1926;: Andrew Hlaire, Kid Ory, George Mitchell, John Lindsay, Jelly Roll Morton, Johnny St. Cyr, Omer Simeon.
Alan Lomax
Anita González con una amiga desconocida a finales de los años 20
Anita y Jelly Roll en Los Angeles alrededor de 1917
Anita con su marido Jack Ford, un amigo desconocido y Henry Villalapando Ford el hijo adoptado por los Ford. Foto a finales de los 30
Jelly Roll y Anita en el Cadillac Café de Los Angeles en 1917/18
Testamento de Jelly Roll Morton
Un joven Jelly Roll Morton
Los Últimos Años de Jelly Roll (y Anita González)

Jelly Roll Morton alcanzó su apogeo, tanto artístico como económico, entre 1926 y 1930 (fue entonces cuando se implantó un diamante en uno de sus dientes) liderando una banda a la que llamó “Red Hot Peppers”.
En 1926, Jelly Roll reunió a grandes músicos de Louisiana o, dicho de otra manera, a cualificados intérpretes incondicionales de la estética sonora de Nueva Orleans y realizó una serie de importantes grabaciones donde recreó este estilo (que él participó activamente en su creación), dando lo mejor de sí mismo como arreglista y, también, como pianista, sin olvidarnos de su faceta como compositor. Un ejemplo de ello es el tema “Black Bottom Stomp”, en el que su escucha nos muestra cómo los músicos de la banda tocan todos para todos, donde se suceden los breaks y, por supuesto, dando espacio a los solistas.

En 1930, la banda “Red Hot Peppers” se disolvió y para entonces las figuras importantes del jazz eran Duke Ellington o Louis Armstrong y Jelly Roll Morton se encontró con que sus ideas musicales estaban obsoletas. La Depresión campaba a sus anchas por el país y colapsó la industria discográfica. El sello Victor no le renovó el contrato a Jelly Roll. Su última sesión fue el 9 de octubre de 1930.

Jelly se dirigió a Nueva York a ver qué podía encontrar. Consiguió enrolarse como pianista en un espectáculo cómico itinerante. Dirigió brevemente un programa de radio en 1934, pero su nombre ya estaba fuera del universo jazzístico.

En 1935, marchó a Washington donde tocó el piano y dirigió un bar que inicialmente se llamó Music Box, más adelante Blue Moon y finamente Jungle Inn.

De sus antiguos éxitos como “King Porter Stomp” y que ahora sonaban regularmente en la radio por orquestas como la de Benny Goodman recibía una miseria como royalties.

En el año 1936, el musicólogo Alan Lomax le encontró precisamente en el club Jungle Inn y se convirtió en su biógrafo. El trabajo que realizó junto al músico fue extraordinario. En las entrevistas (con música), que el musicólogo mantuvo con el pianista en la Biblioteca del Congreso de los EE.UU. en 1938, son impagables. 

En 1939, Jelly Roll volvió a Nueva York y compuso nuevos temas pensando en convertirlos en grandes éxitos. Canciones como “Good Old New York” grabada el 23 de enero de 1940 con un buen plantel de músicos: Henry Allen (tp), Joe Britton (tb), Albert Nicholas (cl), Eddie Williams (as), Wellman Braud (sb), Zutty Singleton. O temas standards como “High Society” compuesto por Clarence Williams y Porter Steele que lo grabó el 28 de septiembre de 1939. La banda estuvo formada por los siguientes músicos: Sidney de Paris (tp), Sidney Bechet (ss), Happy Caulwell (ts), Lawrence Lucie (g), Wellman Braud (sb), Zutty Singleton (d). Ninguno de estos temas y otros que los acompañaron en los discos calaron entre los aficionados.

El último documento sonoro de Jelly Roll Morton se encuentra en un programa de la radio NBC que se emitió el 14 de julio 1940. Jelly estuvo acompañado por la NBC Chamber Music Society of Lower Basin Street. Interpretaron canciones como la tradicional (con arreglos de Morton) “Winin’ Boy Blues”.

Parecer ser que una mujer de nombre, Bessie Johnson, nació en Nueva Orleans hacia finales del siglo XIX y que en un momento de su vida cambió su nombre – sin que se sepa realmente el motivo – por el de Anita González. Una teoría sostiene que para una orgullosa mujer creole era preferible que la considerasen hispana que negra o “colored”, a pesar de que a los mexicanos no se les tuvieran en mucha estima en el Oeste (de los EE.UU.). Sin embargo, en el estado de Nevada, (donde estaba asentada Anita, en 1910), a todas aquellas personas que llevaban apellidos hispanos se les inscribía en el censo como “blancos” por lo tanto, es posible que ella cambiara su apellido de Johnson a González, ya que en muchos aspectos ese status le facilitaba su labor como responsable de un salón de recreo. Además, tenía la tez lo suficientemente clara como para pasar por latina.  
La familia Johnson está llena de misterio, fantasía y ficción, por lo que dejemos que los investigadores sigan con su trabajo. Por el momento, se especula que fue una familia de músicos de origen mexicano por parte de padre y creole por parte de madre. También es posible que Bessie Johnson/Anita González conociera a Jelly Roll alrededor de 1904 (podrían tener una edad aproximada de unos 14 años), en la ciudad de Biloxi (a 150 kmts. de Nueva Orleans) donde su madrina, Laura Hunter, poseía una casa de verano. Aunque según las declaraciones de Anita: “Nunca le miré dos veces, ya que no era una persona decente. Tocaba el piano en un prostíbulo”.

Las vidas de Jelly Roll y de Anita llevaron caminos separados hasta el año 1917 que fue cuando el músico recaló en Los Angeles. Ella llevaba ya varios años regentando un saloon en la incipiente ciudad de Las Vegas. Allí se conocieron: “Cuando me encontré con él de nuevo en California, yo no sabía que se trataba de la misma persona y nos arrejuntamos. Fuimos por momentos muy felices”.
La pareja permaneció unida, al menos durante, cinco o seis años, para separarse al cabo de ese tiempo sin que se conozca un motivo que nos induzca a pensar cuál fue la verdadera causa de la citada ruptura.
A pesar de no haber trascendido las razones de la separación de la pareja, lo cierto es que Jelly Roll siempre tuvo en una muy alta estima a la que fuera su compañera de 1917 a 1923: “Yo nunca podré dejar de querer a una mujer tan deliciosa como Anita. De hecho, creo que no haya nacido nadie tan delicioso como Anita y sé que fue una terrible pérdida para mí el haberla abandonado. Todo fue un gran error, pero sin duda ocurrió”.
De hecho, Jelly Roll compuso dos canciones relacionadas directamente con su pareja, la titulada “Mamanita” y “Sweet Anita Mine”. Asimismo, Anita escribió la letra de la canción de Morton, titulada “Dead Man Blues”, aunque. al menos en su época, fue un tema instrumental.

Anita González continuó con su vida y se dirigió a la ciudad de Jerome (Arizona) donde conoció a Jack Ford, de origen irlandés y propietario de un restaurante. La pareja acabó casándose y al cabo de un tiempo se desplazó, primeramente, a Canyonville (Oregón) donde abrieron un nuevo restaurante a mediados de los años treinta y poco después otro en Malibu (California).

Llegó el año 1940 y acaecieron entonces una serie de acontecimientos que paso a relatar en modo telegráfico:
El 14 de febrero fallecía en Los Angeles (California), Laura Hunter, la madrina de Jelly Roll. Al conocer esta triste noticia, el músico, que residía en Nueva York, recorrió en coche los 4.000 kmts. de distancia entre ambas. Su objetivo era darle su último adiós y, de paso, enterarse de los posibles de su madrina, sobre todo, de su colección de joyas.
Volvió a Nueva York y el 25 de marzo durante un chequeo en un hospital le detectaron graves problemas respiratorios. En noviembre decidió volver a Los Angeles para desde allí intentar relanzar su carrera profesional. Sin embargo, su salud se fue deteriorando día a día. En junio de 1941, Anita González se enteró de la precaria salud de Jelly Roll y decidió desplazarse a Los Angeles para cuidar de él. El 28 de junio Jelly Roll redactó un testamento en el que dispuso que Anita fuera su única heredera. El 30 de junio el músico fue ingresado en Los Angeles County General Hospital. El 10 de julio, Jelly Roll dejó de tocar el piano para siempre. Anita se volvió a Malibu.

Entre las múltiples personas que entrevistó el musicólogo, Alan Lomax, con el fin de documentarse para poder escribir las memorias de Jelly Roll Morton, se encuentra Anita González, que le relató lo siguiente:

“Jelly fue un devoto católico – me explicó con mucha calma, Anita –. Sin embargo, el vudú, que es una religión muy diferente, estaba también muy enraizado en él. Lo sé. Yo le cuidé y fui su sostén durante su última enfermedad. Vino a mí después de conducir el continente de punta a punta con su enfermo corazón.
La mujer, Laura Hunter, que acogió a Jelly Roll, – continuó Anita – fue una bruja vudú. Estoy hablando de su madrina que se hacía llamar, Eulalie Echo. Ella hizo una fortuna con el vudú. La gente acudía a ella en busca de una curación y les daba collares y pieles de cuero y todo eso. Bien, todo el mundo conocía que, para convertirse en una bruja, tú debías de vender a Satán a una persona a la que amabas, como un sacrificio. Jelly era la persona que Laura más amaba. Más que a Ed, su propio marido. Jelly siempre supo que Laura le había vendido a Satán y cuando ella murió, él también lo hizo. Ella quería llevárselo consigo.
Laura se puso enferma en 1940 – siguió puntualizando Anita – y murió mientras Jelly conducía su Lincoln por Nueva York. Y entonces ocurrió. Él estaba feliz ya que había financiado un nuevo espectáculo para sus negocios y de repente, también se puso muy enfermo. Unos meses más tarde, Jelly falleció en mis brazos, no sin antes pedirme que le untara sus labios con un aceite que había sido bendecido por el obispo de Nueva York. El aceite recorría su rostro cuando su espíritu le abandonó…”
“En ese momento, Anita miró sus anillos de diamantes que destellaban sobre sus dedos cubiertos por unos elegantes guantes de seda y con una rápida sonrisa me dijo que no se me olvidara mencionar en mi libro su negocio de hostelería, ya que sus platos de pollo los había recomendado el mismísimo Duncan Hines”.

Esta rocambolesca historia que le relató Anita a Lomax, no tiene mucho sentido si nos atenemos a los testimonios del propio Jelly Roll Morton y de personas allegadas a él.
Cuando Jelly Roll rondaba los 13 años de edad su bisabuela le echó de casa, ya que se enteró de que estaba tocando el piano en los burdeles de Storyville en Nueva Orleans. Su madrina, Laura Hunter (1864-1940) le acogió en la suya. Todas aquellas personas cercanas al pianista no han dudado nunca en afirmar que Laura quiso y protegió a su ahijado como si se tratase de su propio hijo.
Jelly Roll describió a su madrina como una mujer no excesivamente guapa, de tez bastante oscura, muy inteligente, con un carácter muy agradable y con mucho dinero.
Laura Hunter fue una rica mujer creole, y muy orgullosa de serlo, que enviudó dos veces, que engendró nueve hijos, de los cuales ninguno apareció censado en 1900, por lo que parece que para entonces todos habían muerto o desaparecido. Esto explicaría la devoción por su ahijado y más teniendo en cuenta que ella contaría con cuarenta y pocos años cuando le acogió.
Jelly Roll convivió junto a su madrina durante una buena parte de la primera década del siglo XX, hasta que decidió abandonar Nueva Orleans alrededor de 1905.

Fuentes solventes manifestaron que cuando Jelly Roll fue a Los Angeles a dar su último adiós a Laura Hunter no encontró ni rastro de la valiosa colección de joyas de su madrina. Su explicación fue que había desaparecido o que alguien la había robado.
También es posible que hubiese mentido al respecto.
 

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