La Indómita (y Esplendorosa) Lena Horne: Cantante, Actriz y Activista – 1ª Parte

Lena Horne
Cora Catherine Calhoun Horne
Lena Horne con su padre, Teddy
Una joven Lena Horne
Duke Ellington & His Cotton Club Orchestra
Noble Sissle
Lena Horne & Noble Sissle
Lena Horne y Louis Jones
Amateur Night
Lena Horne & Ralph Cooper
Lena Horne cantando y detrás de ella Charlotte Catlin acompañándole al piano en una fiesta privada en Pittsburgh
Clarence Robinson
Charlie Barnet
John Hammond
Paul Robeson
Lena Horne
La Indómita (y esplendorosa) Lena Horne: Cantante, Actriz y Activista – 1ª Parte

Lena Mary Calhoun Horne nació el 30 de junio de 1917 en Bedford-Stuyvesant, Brooklyn. Su padre, Edwin Fletcher Horne Jr., conocido como Teddy, fue según los biógrafos un rebelde nato, astuto y hábil, que siempre siguió su propio camino y vivió de su ingenio y de sus habilidades (sobre todo en el juego). Inquieto y ambicioso su mundo se encontraba al margen del sistema, posicionándose en el “wild side” de la vida. Su madre, Edna Scottron, fue una persona soñadora, romántica y frágil. Su mayor anhelo consistía en iniciar una carrera en el mundo del espectáculo, ya que nunca dejó de creer que algún día le sonreiría la fortuna y se convertiría en una estrella. Un deseo difícil de conseguir dadas las limitadas oportunidades con las que contaban, a principios del siglo XX, las mujeres negras.

Un matrimonio sustentado por esos cimientos poseía todos los boletos para fracasar, algo que ocurrió cuando Lena tenía tres años. Durante un tiempo, Edna y Lena vivieron con la familia Horne en la Chauncey Street de Brooklyn. Desde el primer día, se produjo un enfrentamiento entre la visión del mundo de Edna y el de su suegra, Cora. Esta última era una mujer de principios y comprometida política y socialmente y los sueños de su nuera los catalogaba de frívolos e intrascendentes.
Al cabo de unas semanas, Edna dejó a su hija Lena al cuidado de Cora y se lanzó a una azarosa aventura con el firme propósito de convertirse en una estrella del show business. En esa especie de peregrinaje, que duró doce años, únicamente consiguió pequeños papeles en pequeños teatros o en pequeñas compañías itinerantes. Ese largo periplo resultó ser frustrante y decepcionante. En una visita que realizó con un grupo de vodevil a Cuba conoció a Miguel Rodríguez, Mike, para los amigos, y se casó con él.
En el año 1932, la pareja se asentó en Brooklyn y se dio la circunstancia de que Cora falleció, por lo que Edna se ocupó de su hija, que tenía 15 años. Ese reencuentro de Lena con su madre cambiaría para siempre el rumbo de su vida.

Edna, a sus 38 años, comprendió, aunque no quisiera admitirlo plenamente, que las oportunidades para actuar en un club, en una compañía itinerante o en el coro de un espectáculo se encontraban ahora fuera de su alcance. Pero su preciosa hija tenía todo lo necesario para triunfar en el mundo del espectáculo. No pareció importarle si Lena poseía talento o no. O si tenía otros planes sobre su futuro. Edna, decididamente, iba a tomar cartas en el asunto.

Lo primera decisión que tomó fue sacar a Lena de la escuela preparatoria donde estaba estudiando. Seguidamente, consiguió – a través de su primer marido, Teddy – que Herman Starks, director del Cotton Club, la conociera. El día en que se la presentaron, Herman se encontró con una joven bella (tenía 16 años), delgada, alta, y lo más importante, poseía una tez clara (podía pasar por blanca) y la contrató inmediatamente para el coro de chicas.

La realidad fue que Lena lloró cuando su madre la sacó de la escuela para trabajar en el Cotton Club: “Yo era una Horne de Brooklyn. Allí me sentía protegida y sabía quién era. Todo eso se perdió cuando mi madre me metió en el Cotton Club. Levanté un muro invisible entre el mundo y yo».
De la noche a la mañana, Lena se vio inmersa en un mundo altamente competitivo y exigente, conocido por sus rivalidades, por sus disputas y también por sus amistades duraderas. Las condiciones laborales eran terribles. Cada noche había tres funciones: una a las ocho y media; otra a las once y media; y la última a las dos de la madrugada. Ganaba veinticinco dólares a la semana.

No era ningún secreto que el club propiciaba encuentros entre las bellas danzantes con clientes importantes. Lena sabía que era una presa fácil para una serie constante de hombres que la perseguían. Para paliar ese asedio, su padre, Teddy, contaba con hombres del submundo negro y vinculados al club que cuidaban de ella. Y luego estaba su madre, Edna. Así lo recuerda Duke Ellington: “Antes de cumplir la mayoría de edad Lena tenía que ir acompañada de su madre cuando venía a trabajar al Cotton Club. Se sentaba literalmente en el camerino que compartía con otras coristas. También su esposo, Mike, vigilaba para asegurarse de que los hombres no se acercaran demasiado a la adolescente. La pareja tenía un interés personal en ella por una nueva razón: ahora Edna y Mike dependían económicamente de ella. Lena se había convertido en el sostén de la familia”.

Herman Starks vio algo especial en Lena, aparte de su físico, y recreó un pequeño sketch junto a la bailarina Avon Long. Su papel se circunscribía en cantar el tema «As long as I live» compuesto por Harold Arlen con letra de Ted Koehler para la parade del Cotton Club. Es más que probable que utilizaran a Lena por su cara bonita, pero a ella le sirvió para involucrarse más seriamente en el canto. En 1934, y con el apoyo de su madre, logró un imposible: obtener el permiso de la gerencia del Cotton Club para aparecer en el espectáculo de Broadway titulado «Dance with your Gods». En esa obra necesitaban, para un pequeño papel, a una “mulata de piel clara”. La mala suerte se cebó con Lena ya que la representación no cosechó éxito alguno permaneciendo en cartel del 6 al 13 de octubre de 1934. Su primera aparición sobre un escenario de Broadway duró solamente nueve días.

Lena volvió al Cotton Club, pero al cabo de unos meses se empezó a notar, a pesar de sus glamurosos espectáculos, que su elitista y fiel clientela ya no llenaba el aforo del local. La Prohibición había terminado un año antes y ese cosquilleo que el público sentía cuando consumía alcohol de forma ilícita, además rodeado de mafiosos, se estaba diluyendo como un azucarillo en un vaso de wiski (de contrabando). Los días del Club estaban contados. De hecho, cambió de ubicación en 1936 y cuatro años más tarde cerró.

La madre de Lena fue consciente de los problemas por los que estaba atravesando el Cotton y que el futuro de su hija estaba lleno de nubarrones. En esos delicados momentos apareció en escena el cómico Flournoy Miller, que había formado parte de varias parades del Club y le había oído cantar a Lena. Se reunió con ella y con Edna y les explicó que la manera de frasear de Lena, clara y precisa, le podía servir para convertirse en una buena cantante. El cómico, muy amigo de Noble Sissle (creador junto a Eubie Blake de «Shuffle Along» el primer musical “all black” que cambió las reglas de Broadway) les comentó que estaba a punto de realizar audiciones en Philadelphia para contratar a una nueva cantante para su orquesta «Noble Sissle’s Society Orchestra».
En secreto, Edna y Lena viajaron a Philadelphia, donde Sissle le hizo una audición. Aunque, Lena todavía no era una cantante profesional supo esconder su pánico escénico y mantener la calma. Sissle la encontró atractiva y, como todos los demás, quedó cautivado por su belleza juvenil. Y decidió que era perfecta para el papel de cantante.

Lena permaneció junto a la banda de Sissle durante un año (entre 1935 y 1936) y ese período de tiempo lo pasó prácticamente realizando giras por todo el país. También, experimentó, por primera vez, lo que significaba el racismo, en vivo y en directo, en sus apariciones por los estados del Sur. Cuando llegaron a Nueva York en noviembre de 1936, el sello Decca les tenía preparada una sesión de grabación en la que interpretaron dos temas. Uno de ellos fue el titulado «That’s what love did come» con música de Saul Chaplin y letra de Gus Khan. Ese día, 3 de noviembre, fue la primera vez que Lena pisó un estudio de una discográfica.
Después de esta grabación, la banda partió rumbo a Pittsburgh y en esa ciudad la vida de Lena iba a dar un vuelco completo. Conoció a un joven apuesto, elegante, educado y graduado de la Universidad Estatal de Virginia Occidental de nombre, Louis Jones. En esos momentos trabajaba como registrador en la oficina del forense de la ciudad. Al cabo de un corto noviazgo, se casaron el 23 de enero de 1937 y Lena dejó a la orquesta de Sissle.
Ella tuvo que adaptarse al papel tradicional que, como joven esposa, le tenía asignada la sociedad en la década de los 30: el marido era quien mandaba y ella se convertía en una especie de complemento cuya labor principal consistía en que él se sintiera cómodo en el domicilio conyugal. Los problemas empezaron a rondar por el matrimonio, sin embargo, Lena se quedó embarazada lo que le produjo una inmensa alegría. Dio a luz a una niña, Gail, el 21 de diciembre de 1937. En esos momentos, se olvidó completamente de todo lo relativo al show business y se centró en su familia.

De la misma manera que en el mundo discográfico aparecieron los race records, discos grabados por músicos negros y destinados preferentemente a ese colectivo, en el mundo del cine se rodaron las race movies: películas de bajo presupuesto, realizadas rápidamente con artistas afroamericanos y producidas fuera del sistema de los grandes estudios de Hollywood. Estas películas raciales existieron desde la época del cine mudo y en ellas los héroes y las heroínas eran colored con sus sueños, aspiraciones y valores que Hollywood ignoraba, ya que en sus películas solo salían como sirvientes. En las race movies aparecían médicos, abogados, maestros o detectives negros. En los años treinta y cuarenta existieron unas 900 salas, repartidas por todo el país, que proyectaron ese tipo de películas y fue un negocio próspero hasta los años 50.

Ralph Cooper (1908 – 1992) fue uno de los más famosos actores (además de guionista y coreógrafo) de las race movies al punto de que le llamaran el “Dark Gable”. Sin embargo, fue más conocido, al menos por el colectivo afroamericano, por ser el maestro de ceremonias oficial del famoso concurso «amateur night» que se celebraba semanalmente en el Apollo Theater de Harlem (tenéis a vuestra disposición mi artículo titulado «Apollo Theater: Donde Nacen las Estrellas y se Forjan las Leyendas»). Cooper permaneció al frente del certamen desde su inicio en 1934 hasta 1985 que tuvo que dejarlo por enfermedad.

A principios del año 1938, Ralph Cooper había escrito el guion para una película que se iba a titular «The Duke is Tops». También iba a codirigirla y a asumir el papel del protagonista masculino. La productora Million Dollar Production (en la cual Cooper poseía un tercio del accionariado) ya había decidido que la actriz, cantante y bailarina Theresa Mae Harris fuese la estrella femenina. Sin embargo, Cooper, que había visto a Lena Horne actuar en el Cotton Club, convenció a sus dos socios de que ella era la persona perfecta para el papel de protagonista femenina: “aunque no es muy conocida, yo sé que posee un talento maravilloso”.
Ahora el gran problema con el que se tuvo que enfrentar Cooper fue convencer a Lena para que aceptara el papel ya que ella era feliz con su marido y su hija y el mundo del espectáculo lo tenía apartado de su vida. El actor pasó horas y horas al teléfono tratando de persuadirla para que rodara la película, se valió de sus amistades más cercanas para que le ayudaran a alcanzar ese objetivo e incluso convenció a un reportero del Pittsburgh Courier para que escribiera sobre Lena en el rotativo. Al final fue su padre, Teddy, quien le aconsejó que “catase” cómo era mundo del cine. Él le acompañaría a Hollywood y permanecería con ella en todo momento. Lena acabó cediendo y su marido transigiendo.  

Los productores del film ya habían conseguido para Lena un alojamiento en casa de la veterana actriz y cantante Lillian Randolph, para evitar los problemas que siempre surgían en los grandes hoteles en cuanto a la admisión de clientes afroamericanos.
«The Duke Is Tops» posee un argumento a la antigua usanza, ya que trata de un productor teatral que deja de lado su propio éxito para impulsar la carrera de una cantante y termina enamorándose de ella. Así pues, la trama y la puesta en escena no presentaban nada complicado ni complejo y pese a ello la película resultó sorprendentemente entretenida y cautivadora.
Cuando «The Duke Is Tops» se estrenó en Pittsburgh en 1938, la burguesía negra de la ciudad rebosaba orgullo. Todo el mundo estaba contento de ver que una chica de la ciudad había triunfado. Todos menos su marido Louis, que indudablemente celoso por la atención que su esposa estaba acaparando, no le permitió que asistiera al estreno de la película. Una decisión inflexible, mezquina y malintencionada.

A finales de 1938, Lena recibió una llamada de su representante en la que le comunicaba que le había conseguido un papel para el musical «Blackbirds of 1939» producido por Lew Leslie, uno de los más reputados empresarios de Broadway. «Blackbirds of 1928», con Adelaide Hall y Bill “Bojangles” Robinson, había conseguido permanecer en cartel durante 518 representaciones.
En «Blackbirds of 1939», Leslie contaba con un numeroso plantel de figuras encabezado por Marta Miller. La música era de Rube Bloom y el libreto de Lew Leslie y Johnny Mercer.
Si en la década de 1920, el público quería divertirse y liberarse de las inhibiciones, durante los años 30, la nación lidiaba con la Gran Depresión y los ciudadanos necesitaban otro tipo de entretenimiento. «Blackbirds of 1939» no consiguió sintonizar con el espíritu de la época y sus espectadores encontraron al musical plano y carente de inspiración.
Se estrenó el 11 de febrero de 1939 y se mantuvo en cartel una semana. Sin embargo, esos siete días fueron suficientes para que Lena recibiera buenas críticas. Eso contribuyó a que ella subiera un peldaño más en su ascenso a sus aspiraciones artísticas.

Lena terminó su periplo por Hollywood y volvió a su papel de ama de casa. En febrero de 1940, vino al mundo su segundo hijo. Quizás, con la excusa de que ahora la familia necesitaba más dinero, aceptó la oferta que le presentó, Charlotte Catlin, una consumada pianista local y profesora (Billy Strayhorn fue uno de sus alumnos), para actuar junto a ella en fiestas privadas de la zona. Así comenzó a entretener y a conocer a la alta sociedad de Pittsburgh. En esas sofisticadas reuniones sociales, la siempre elegantemente vestida Lena deleitaba a los invitados que se congregaban frente al piano para escucharla cantar. Sintiéndose valorada y con la esperanza de poder retomar su carrera profesional, necesitaba un milagro para poder salir de Pittsburgh y volver a Nueva York.
Como siempre fue su padre, Teddy el que obró el milagro y se ocupó de proporcionar a su hija los fondos necesarios para que pudiera asentarse en Nueva York sin sufrir problemas económicos mientras encontraba un trabajo. Ese fue el momento en el que Lena le contó sus planes a su marido. Este la dejó partir ya que estaba convencido de que volvería arrastrándose al no poder valerse por sí misma. Las mujeres no abandonaban a sus maridos.

Una vez que Lena llegó a Nueva York se registró en el Theresa Hotel – conocido como el “Waldorf of Harlem”- lo construyó un alemán de nombre Gustavus Sidenberg en 1913 convirtiéndolo en un elitista establecimiento. En 1937, lo vendió a un hombre de negocios afroamericano llamado Love B. Wood y este abrió sus puertas a los de su raza.

A las pocas semanas de convertirse en una neoyorquina más, Clarence Robinson, que en esos momentos era el coreógrafo del Apollo Theater (anteriormente lo había sido del Cotton Club) se puso en contacto con Lena para comunicarle que la cantante de la banda dirigida por Charlie Barnet se había puesto repentinamente enferma y necesitaba urgentemente cubrir ese puesto. La formación estaba actuando en el Windsor Theater del Bronx, Lena se desplazó hasta el teatro y allí se presentó a Barnet que cuando la vio exclamó: “¡guau!, pero ¿quién eres tú?”.

Charlie Barnet (1913 – 1991) fue un saxofonista y director de orquesta que cosechó importantes éxitos durante su carrera, como su versión del tema «Cherokee» – compuesto por Ray Noble y con los arreglos de Billy May – grabado el 17 de julio de 1939. También fue de los primeros en incluir a músicos negros entre sus filas, como al trompetista Roy Eldridge o al contrabajista John Kirby.
Barnet, una vez que terminó la actuación de esa noche en el Windsor Theater, le escuchó cantar a Lena y la contrató en el momento (su físico siempre jugaba un punto a su favor).
Barnet y Horne se mantuvieron juntos algo más de un año y cuando la banda giraba por el Sur del país ella no aparecía por ningún lado, para evitar los problemas que, ambos sabían, había padecido Artie Shaw con Billie Holiday. El director le mantenía íntegro su salario. (Tenéis a vuestra disposición mi artículo titulado: «Artie Shaw: Un Brillante Clarinetista de Compleja Personalidad»).

Lena entró dos veces en un estudio para el sello Bluebird y grabó cuatro canciones con la banda de Barnet. Uno de los temas fue el titulado «Good for nothing, Joe» compuesta por Rube Bloom con letra de Ted Koehler para una parade del Cotton Club de 1935.
Cuando Lena le comunicó a Barnet su intención de dejar la banda, este le pidió que permaneciera junto a ella un par de semanas más ya que tenía un contrato para actuar en el Paramount Theatre de Broadway, que en aquellos momentos era la principal sala de conciertos de los Estados Unidos, y era habitual que entre el público se encontrasen importantes personajes del show business. Un hecho que ambos deberían de aprovechar. Lena, por supuesto, estuvo de acuerdo.

El promotor y caza talentos, John Hammond, (que había descubierto a músicos como Billie Holiday o Count Basie) fue una de las figuras importantes del mundo del espectáculo que se encontraba cómodamente sentado en su asiento en el Paramount Theatre escuchando las propuestas que ofrecía cada grupo. La banda de Charlie Barnet subió al escenario y cuando concluyó su actuación, Hammond se quedó fascinado por la performance de su cantante. Entonces supo que su nombre era Lena Horne.

A los pocos días, Hammond fue a visitar a su amigo Barney Josephson dueño del mítico club de jazz «Café Society» de Harlem. Tenéis a vuestra disposición mi artículo «Café Society: Algo Más que un Club de Jazz», pero a modo de recordatorio comentaré que abrió sus puertas en diciembre de 1938 convirtiéndose en el primer club interracial de Nueva York y puede que de todo el país. Su slogan era «Café Society: El Lugar Equivocado para la Gente Correcta» y su clientela estaba compuesta por poetas, escritores, políticos, músicos, periodistas, activistas… gran parte de ellos con ideas socialistas. Los grandes músicos de jazz se subieron a sus escenarios y, para aquellos que todavía estaban en ciernes, triunfar en el «Café» les abría esas puertas que les ayudaban a alcanzar sus aspiraciones profesionales.

John Hammond le comentó a Barney Josephson que debía de escuchar cantar a Lena Horne. Así lo hizo y la contrató para actuar en su club, una decisión de la que nunca se arrepintió. Enseguida se dio cuenta que se trataba de una “chica de Brooklyn” por lo que le aconsejó que su repertorio debía de centrarse en los standards del Tin Pan Alley.
A Lena Horne trabajar en el «Café Society» le amplió su visión de sí misma, del mundo y de su propio talento. Exploró nuevas técnicas musicales, gracias a las clases magistrales que le dio el gran pianista Teddy Wilson que era quien dirigía la orquesta del local. Lena no se apartó de los temas clásicos norteamericanos, pero consiguió dotarles de un aire bluesy con los que conquistó a la audiencia y a los críticos, que le adoraban: “Lena Horne, esa talentosa cantante negra, está atrayendo al público al Café Society por lo que la gerencia del club estará encantada”.

De todas las personas que Lena conoció en el «Café» nadie le impresionó y le influyó más que Paul Robeson.

Paul Robeson (1898 – 1976) fue un barítono-bajo de corte clásico, actor, jugador de rugby profesional, abogado y activista afroamericano, que fue famoso tanto por sus logros artísticos y deportivos como por sus posturas políticas, sobre todo, en favor de los derechos y libertades de su gente.

Una noche en su camerino, Lena se sinceró con Robeson y le relató las tensiones que le provocaba el mundo del espectáculo, la discriminación que sufría por parte de la élite blanca y, al mismo tiempo, del desprecio que tenía que soportar de su propia gente que la acusaba de querer pasarse por blanca. Robeson la escuchó atentamente durante horas y lo que ocurrió después, Lena lo contó de esta manera: “Robeson cambió por completo mi forma de pensar, y si se me permite decirlo, mi vida entera. Sabía lo confundida y miserable que me sentía y se tomó la molestia de hablar conmigo durante mucho tiempo. Me hizo ver la grandeza de nuestra gente. Comprendí por qué nos maltrataban y lo alto que los negros podíamos llegar si aprendiésemos a ver las cosas con claridad y a luchar».

Esa noche murió “la chica de  Brooklyn” que habitaba en Lena y nació “la mujer cantante de jazz y activista”.

El resto de la vida de Lena Horne la dejo para la segunda parte del artículo en el que se dará cuenta de que no es oro todo lo que reluce.

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