La Prohibición Y El Jazz

Andrew Volstead
Speakeasy en Nueva York
Gánsteres
Speakeasy
Escena de “Con Faldas y a lo Loco”
Escena de “Con Faldas y a lo Loco”.
Roseland Ballroom
Fonógrafo – 1928
Manifestación: Queremos Cerveza
Paul Whiteman
Bessie Smith
Don Redman
McKinney’s Cotton Pickers in 1928: Cuba Austin, Prince Robinson, George Thomas, Don Redman, Dave Wilborn, Todd Rhoades, Bob Escudero. Sentados: John Nesbitt, Claude Jones, Milton Senior, Langston Curl
Charlie Parker & Dizzy Gillespie
La Prohibición Y El Jazz

En vísperas de la entrada en vigor de la Prohibición, el 17 de enero de 1920, se difundieron por todo el país las palabras del diputado abstencionista de Minnessota, Andrew Volstead:

“Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno.”

Mediante la ley Volstead quedó prohibido en Norteamérica la fabricación, el transporte y la venta de bebidas alcohólicas. Para que esta norma entrara en vigor fue necesario enmendar previamente la Constitución del pueblo americano (Enmienda nº18) y de esta manera poder desterrar el alcoholismo de la sociedad.
Vista la Ley Seca en perspectiva no se entiende que no se tomara en consideración la ubicación geográfica de los Estados Unidos, rodeado de países con amplia tradición en la fabricación de licores (México, Canadá y países caribeños), o que no se cayera en la cuenta de que sus fronteras terrestres conformaban unos doce mil kilómetros y que su litoral marítimo fuese de casi veinte mil kilómetros – todos ellos de difícil custodia – o que no previeran el poderosísimo incentivo que surgiría a favor del contrabando ilegal.

Desde el primer momento en la que la Ley Seca entró en vigor, cientos de miles de personas comenzaron a fabricar artesanalmente bebidas alcohólicas, muchas veces sustitutivas adulteradas o altamente tóxicas y se fomentó el mercado negro. Y también fue el comienzo de la puesta en marcha de un colosal imperio criminal de bandas organizadas como nunca antes se había dado en los EE.UU.
Durante las primeras semanas de la puesta en marcha de La Prohibición cerca de diez mil establecimientos con licencia para vender bebidas alcohólicas fueron forzados a cerrar sus puertas. Esto trajo consigo que se multiplicaran como hongos los bares ilegales, llamados “speakeasies” y también los “black and tans”, llegando a alcanzar la cifra de 100.000 en todo el país. A todos ellos, junto a los grandes y lujosos “night clubs”, los gánsteres fueron los encargados de suministrarles todo el alcohol de contrabando que les demandaban sus clientes y suministrarse a sí mismos en aquellos establecimientos que eran de su propiedad.
El nivel de desacato a la ley fue tan generalizado que, una vez acostumbrados a violar la ley y el “orden público”, el crimen organizado no tardó en implantarse cómodamente en todos los estados de la Unión. Con las fáciles y grandes ganancias que obtenían no les fue demasiado difícil comprar a jueces, sobornar a policías y corromper a políticos a nivel local. La Prohibición fue el colegio, el instituto y la universidad donde se graduaron los sindicatos criminales de América.

La Prohibición también trajo consigo un aumento del turismo a países como Cuba. El escritor Blasco Ibáñez lo cuenta así en su libro “La Vuelta al Mundo de un Novelista” (Tomo I):

Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de ciertas leyes de su país, La Habana ofrece un atractivo especial. Es una ciudad a las puertas de su patria, donde no impera el llamado “régimen seco”. Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un bar en cada esquina. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan carísimos, así como los otros gastos de viaje, y solo los ricos pueden pasar el canal de la Florida para venir a emborracharse bajo la bandera cubana.” En la Habana del dictador Baptista, Buster Keaton o la duquesa de Windsor podían compartir tranquilamente barra con los gánsteres Lucky Luciano o Frank Costello.

Seis meses después de la puesta en vigor de la ley Volstead, las mujeres consiguieron tener derecho al voto, las sufragistas fueron las que estuvieron en primera línea en esa batalla, pero en los años veinte aparecieron las primeras jóvenes emancipadas, con su pelo corto, sus atrevidas indumentarias y con acceso al mercado laboral. Ellas estaban tan ansiosas como los hombres por no regresar a las reglas y a los roles victorianos y se apuntaron a los “speakeasies”. Daba la sensación de que el país se estuviera confabulando para el relajamiento de las severas costumbres de la sociedad conservadora americana.

En un principio, los dueños de los bares ilegales apostaron por sketches del vodevil como divertimento para sus clientes, pero el jazz fue ganando terreno ya que era una música más acorde con la atmósfera que se respiraba mientras te tomabas un whisky de contrabando.

Esto me ha recordado la conversación que mantienen el jefe de policía, al entrar en un “speakeasy”, con el camarero, en la película, Con Faldas y a lo Loco:

– ¿Qué va a tomar, el señor?
– Whisky.
– Aquí no servimos whisky, señor. Servimos café.
– ¿Café?
– Sí, señor. Café irlandés, café canadiense o café escocés.
– Entonces tráigame un café irlandés. La soda aparte.
Todo esto sucede mientras, en el escenario, la banda estaba interpretando el standard de jazz titulado: “Sweet Georgia Brown” compuesto en 1925 por Ben Bernie y Maceo Pinkard con letra de Kenneth Casey. (La orquesta que lo interpretó en la banda sonora fue la Matty’s Malnec’s).

La Ley Volstead se mantuvo en vigor desde 1920 a 1933. Durante esos trece años los más sofisticados y elitistas nights clubs de Nueva York consiguieron que las bandas que actuaron en ellos se hicieran famosas a nivel nacional, aparte de que a los músicos les rebosaran sus bolsillos de billetes verdes. La orquesta de Duke Ellington y la de Cab Calloway llenaron con su música al “Cotton Club”. La de Luis Russell, Horace Henderson, Don Redman, Fats Waller hicieron lo propio en el “Connie’s Inn. Willie “The Lion” Smith, Fletcher Henderson, Charlie Johnson se ocuparon de llenar los escenarios del “Small’s Paradise”. El “Roseland Ballroom” quizás fue el club por donde pasearon su música el mayor número de importantes figuras del, jazz, como Jean Goldkette con Bix Beiderbecke o la Casa Loma Orchestra. En Chicago, el “Lincoln Garden” acogió a la banda Original Creole Band y a la de King Oliver. La banda de Carroll Dickerson se convirtió en la formación residente del “Sunset Café” por la que pasaron Louis Armstrong y Earl Hines.
Todos estos clubes, y otros ubicados en importantes capitales, vivieron su época dorada durante esos trece años de ley seca.
El jazz se convirtió en el arte formal de los EE.UU. F. Scott Fitzgerald autor de la novela El Gran Gatsby escrita en 1925, denomina a la década de los 20 “The Jazz Age”, significando que en ese periodo ya se hizo mayor.

Dejando aparte a los grandes clubs de las grandes ciudades, todavía quedaban 100.000 bares clandestinos repartidos por toda la geografía del país. Y sus dueños también querían ofrecer jazz a sus clientes, por lo que se ocuparon de contratar pequeñas bandas de cuatro a cinco músicos o a un simple pianista para que en su local sonase en directo la música del momento. Aquellos que no pudieron costear ese gasto compraron unos todavía incipientes fonógrafos que funcionaban con monedas y que se harían muy populares en los años treinta con el nombre de “jukeboxes” (gramolas). Ya tenían su música, enlatada, pero música.

Como no podía ser de otra manera los compositores y letristas escribieron canciones alusivas a la Prohibición, que tuvieron un relativo éxito mientras esta duró. Los temas tenían títulos como: “El Blues de la Prohibición”, “América nunca tomó agua y América nunca lo hará” “No hay cerveza, no se trabaja”, “Yo nunca estaré “seco” en La Habana”, “Prohibición, ya has perdido tu estilete” “Tengo el Blues de la Prohibición”, “En el Baile de la Prohibición”. “El Blues del Alcohol”.

Uno de temas sobre La Prohibición que más sonó en aquellos tiempos locos fue compuesto por Byron Gay en 1925, que le puso el título de “Just a Little Drink”. Lo grabó el 6 de enero de ese mismo año la orquesta de Paul Whiteman que contó con un grupo vocal formado por Lewis James, Billy Murray, Elliot Shaw y Willfred Glenn.
La letra de la canción dice así:

Caminado por el desierto / mi boca está llena de algodón / y me siento sediento / quiero tomar una copa / ¿Qué tal una copa? / deseo tomar una copa / una pequeña copa o dos (¿Por qué pararte en dos?) / ¿No puedo tomarme una copa? / simplemente una pequeña copita / cualquiera me serviría (Estoy contigo) / Si yo tuviera una copa / una simple copa / entonces no estaría tan triste (¡Oh! Qué seco estoy) / ¿No crees realmente que tenemos el derecho de tomarnos una copa tú y yo? / Siempre se está bien / cuando dos buenos amigos están juntos / con una jarra sobre en mesa, ¡ah! / y escuchando una buena canción.

Otra de las canciones populares que se escuchaba entre copa y copa la compuso en el año 1928, J.C. Johnson y la interpretó la vocalista Bessie Smith junto a Porter Grainger, piano; Buster Bailey, clarinete; Charley Green, trombón. Su título “Me and my Gin”. Se grabó el 25 de agosto de 1928.
Su letra dice así:

Aléjate de mí porque soy una pecadora (x2) / Si toman este lugar por asalto, estamos mi ginebra y yo / Que nadie lo intente, porque nunca ganará (x2) / Lucharé contra el ejército, la armada, solos yo y mi ginebra / Cualquier contrabandista seguro que es amigo mío (x2) / ya que con una buena botella de ginebra lo consigues siempre todo / Cuando estoy colocada no existe nada que no pueda obtener / Lléname de licor y seguro que seré amable contigo / No quiero cerdo y no necesito cerveza / No quiero una chuleta de cerdo, dame a su vez una ginebra.

En el año 1929, empezó la Recesión en los U.S.A. y al personal se le fue quitando poco a poco el ansia de beber, según la economía iba en caída libre. El Estado dejaba de recaudar miles de millones de dólares por los impuestos a toda bebida alcohólica y necesitaba llenar sus arcas. Los padres de la Prohibición fueron conscientes de que su proyecto se había convertido en un auténtico fracaso y de que no habían logrado alcanzar ninguno de sus objetivos. En 1933, la Prohibición se despidió de los estadounidenses. Unos pocos lo lamentaron, pero la mayoría brindó por ello.

A partir de entonces los ciudadanos norteamericanos pudieron comprar legalmente su bebida favorita en las licorerías y tomarse unos buenos tragos de whisky sentados cómodamente en los sillones de en sus casas y además escuchando por la radio la misma música que le ofrecían en los clubes clandestinos. Ante tal competencia los “speakeasies” empezaron a cerrar sus puertas.
La Prohibición fue un regalo de los dioses para los músicos y su derogación se convirtió en su bestia negra, ya que la mayoría de ellos se quedó sin trabajo. Pero ese parón musical fue un mero espejismo.

Don Redman, nació el 29 de julio en Piedmont, West Virginia. Su padre era profesor de música y su madre una cantante. Don fue un niño prodigio que aprendió a tocar varios instrumentos y a realizar arreglos musicales cuando estaba en el instituto. En 1920, se graduó en el Storer College de West Virginia y la primera orquesta que le contrató fue la Billy Paige’s Broadway Syncopators. Su fama de arreglista comenzó cuando le reclutó Fletcher Henderson para su banda en 1923. Permaneció en ella hasta 1927 y en ese período de tiempo cambió totalmente la sonoridad de la banda. Contrató a más músicos para crear las secciones de trompetas, trombones y saxofones. Les hizo, con sus arreglos, conversar entre ellas a modo de “llamadas y respuestas”. Utilizó los recursos de los “breaks” y de los “riffs”. En definitiva, dotó a la orquesta con las señas de identidad de las “big bands” de la “Época del Swing”. Fletcher Henderson con su orquesta de 12-14 músicos, y desde los escenarios del Roseland Ballroom, se convirtió en la mejor y más famosa banda de finales de los veinte. Por ella pasaron Louis Armstrong y Coleman Hawkins.
Don Redman, de 1927 a 1931, realizó los arreglos de la McKinney’s Cotton Pickers que estaba formada por once músicos y donde dejó, como con Henderson, las claves musicales que usarían en unos pocos años todas las “big bands” de los años treinta.

Estaba claro que el jazz se encaminaba a instaurar una nueva música de baile para los americanos y para eso necesitaba formar grandes orquestas. Y eso fue posible gracias a la derogación de la Prohibición, ya que la gran cantidad de músicos que quedaron en paro bajaron su caché, ya que de otra manera hubiese sido imposible que las bandas soportaran los emolumentos que ganaban en la década anterior.
Hay que tener en cuenta de que, en menos de dos años, una vez finalizada la Ley Seca (1933), a Benny Goodman le proclamaron “Rey del Swing” (1935) en la sala de baile El Palomar – interpretando muchos de los temas que tocaba Fletcher Henderson – y ese concierto marcó la salida de la “Época del Swing”.

De la misma manera que durante La Prohibición se abrieron 100.000 bares clandestinos, en la “Época del Swing” se formaron “big bands” prácticamente en cada ciudad de Norteamérica. La citada época (1935-45) también se convirtió en un regalo de los dioses para los músicos. Y como he comentado en varias ocasiones en ese período de tiempo todos los americanos se apuntaron al jazz, algo que ya no volvería a ocurrir. A mediados de los cuarenta llegarían Charlie, Dizzy y compañía y ya fue otra cosa.

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